Lectura (Christian Elihu Cortez Zendejas 2 IV)

Ensayo sobre la felicidad

La RAE define la felicidad como un “estado de grata satisfacción espiritual y física”. Pero nosotros la conocemos como ese instante en el que nuestros labios se estiran en una sonrisa, o cuando sentimos mariposas en el estómago o cuando salimos temprano de la oficina. Lo cierto es que sabemos de sobra cómo debería lucir la felicidad pero aunque nos pasemos la vida buscándola, pocos de nosotros logramos experimentarla en periodos duraderos o incluso perpetuos.
Para ser feliz no hay que seguir los pasos de Matthieu Ricard –a quien se le conoce por ser “el hombre más feliz de la tierra”– o convertirnos en monjes tibetanos, pero sí podemos retomar algunas de sus valiosas lecciones de vida. Ricard asevera que lo que más lo ha hecho feliz es el altruismo, la solidaridad y la benevolencia. Todo se resume a dejar de pensar tanto en nosotros y en ser mejor para los demás, con la intención de crear vínculos más sólidos y reales.
Según Ricard pensar solamente en nosotros y en cómo moldear las situaciones para nuestra conveniencia es agotador y estresante. Prueba de ello es nuestra insaciable sed de consumo. Siempre queremos más y nunca estamos satisfechos con lo que tenemos. El hombre contemporáneo tiene inculcada en la cabeza una fórmula poco funcional: más es más. O sea,  más dinero = más consumo = más felicidad.
Dice Ricard que es curioso que los seres humanos pasen tanto tiempo preocupándose por su aspecto y por otras nimiedades externas y que pasen tan poco tiempo trabajando en la mente, la herramienta que más les dará felicidad. Para el monje tibetano la felicidad sólo es posible a través del bienestar perpetuo, y éste se alcanza únicamente con el entrenamiento de la mente.
El bienestar no es una sensación placentera transitoria como la que existe en la adaptación hedónica, sino más bien es un sentimiento de serenidad y realización omnipresente. Es un estado que impregna y subyace a todos los demás. Uno puede sentir este tipo de bienestar aún estando triste o enojado. ¿Cómo es esto posible?
Pensemos en la mente como un inamovible cielo azul por el que transitan distintos entes o situaciones. De pronto puede nublarse y tornarse gris, o de pronto puede verse afectado por una corriente de viento violento. Pero al final el cielo azul nunca cambia, siempre está ahí, sobre las nubes o detrás del viento. Lo mismo sucede con la mente, en un instante puede verse invadida por un sentimiento de enojo o de celos o de ansiedad pero a pesar de ellos la calidad de bienestar siempre está presente.
Cómo pensamos define cómo sentimos. La experiencia que traduce el mundo externo está dentro de la mente. Según el monje francés, existen estados de la mente que pueden conducirnos al bienestar perdurable. Para lograrlo hay que transformar la mente, entrenarla a través de la meditación.
Hay una clase de felicidad que sí caduca, la que es líquida y por lo tanto pasajera. Tal como lo define el sociólogo polaco Zygmunt Bauman en su obra, la liquidez se traduce como una fragilidad inherente a la sociedad contemporánea. Para Bauman hoy en día el amor es líquido, el miedo es líquido, la vida es líquida, la sociedad es líquida. La felicidad líquida es aquella que no trasciende, que es intermitente pero nunca permanente. A diferencia del bienestar, que como ya analizamos anteriormente, es un estado perpetuo y constante.
No existe una formula universal que haga felices a todos. Habrá gente que es más feliz siguiendo la fórmula de menos es más y otras que prefieran seguir la que predica que más dinero es igual a más consumo y por consecuencia a más felicidad.




























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