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Cuando sufrimos un problema psicológico llegamos a pensar que cuando desaparezca el sufrimiento que produce vamos a alcanzar la felicidad. Pero ¿es eso cierto? Cuando preguntamos a nuestros pacientes qué harán cuando superen la ansiedad o depresión o nuestro sufrimiento, que les está llevando tanto esfuerzo conseguirlo, muchas veces les parece una pregunta inútil que nunca se han planteado responder más que con una frase obvia: “Ser feliz”. Pero la felicidad no es solamente la ausencia de sufrimiento, si no existiéramos no sufriríamos; pero tampoco seríamos felices, no sentiríamos ni alegría, ni amor, ni ninguna emoción positiva, ni tampoco felicidad.
La psicología clínica se queda muchas veces en el punto de paliar el sufrimiento del paciente, sin preocuparse por hacerle feliz. Por eso es conveniente que nos planteemos qué es la felicidad y qué podemos hacer para ser felices, para luchar por ello en una visión más completa de lo que la psicología clínica puede aportar a nuestra vida.
La felicidad de hacer algo que da sentido a nuestra vida. Se trata de hacer algo por alguien o por algo que consideramos que tiene un valor superior a nosotros mismos (Dios, la humanidad, los hijos, un ideal, un partido, etc.). Puede haber sufrimiento en lo que hacemos y las emociones positivas surgen cuando valoramos lo que hemos hecho o lo que estamos haciendo, que estará muy por encima de lo que hemos sufrido.
En resumen, para estudiar la felicidad la psicología positiva se centra en el estudio de las emociones positivas como medio de alcanzar la felicidad y considera que surgen asociadas al placer y también al compromiso con nuestros valores y a dar sentido a nuestra vida.
Todas las emociones nos desencadenan automáticamente disposiciones a actuar (Frijda, 1986). Lo hacen generándonos impulsos que tendemos a seguir. William James, a finales del siglo XIX, ya nos enseñaba que las sentimos incrementadas cuando seguimos los impulsos que despiertan en nosotros. Por ejemplo, si vemos un oso en un bosque, se nos disparará el miedo y lo sentiremos mucho más fuerte cuando corremos, porque nos tendrá que generar la suficiente adrenalina para ponernos alas en los pies.
Todas las emociones tienen una función positiva para la persona, por ejemplo, el miedo o la ansiedad son reacciones para enfrentarse o huir de una amenaza, lo que seguramente ha permitido a la especie humana sobrevivir. Incluso emociones que aparentemente nos llevan a la inacción tienen una función positiva. Por ejemplo, la tristeza tiene la función de pedir ayuda a los demás, porque si lloramos, despertamos en los demás la compasión y los movemos a ayudarnos. Otro ejemplo del mismo tipo es la depresión que puede tener la función de reducir nuestra actividad ante el agotamiento de nuestras capacidades de lucha, con el objetivo de recuperar fuerzas.
Es lógico que si estamos ante una amenaza y, en consecuencia, sentimos ansiedad, queramos dejar de sentirla, fundamentalmente porque eso significará que ha desaparecido la amenaza. En este sentido podemos calificar las emociones como negativas cuando deseamos que desaparezcan. A la inversa, cuando queremos que permanezcan las consideraremos positivas. Por ejemplo, si sentimos alegría porque vemos a alguien querido, querremos mantener la emoción y, por tanto, consideramos la alegría como positiva.
Cuando sufrimos un problema psicológico llegamos a pensar que cuando desaparezca el sufrimiento que produce vamos a alcanzar la felicidad. Pero ¿es eso cierto? Cuando preguntamos a nuestros pacientes qué harán cuando superen la ansiedad o depresión o nuestro sufrimiento, que les está llevando tanto esfuerzo conseguirlo, muchas veces les parece una pregunta inútil que nunca se han planteado responder más que con una frase obvia: “Ser feliz”. Pero la felicidad no es solamente la ausencia de sufrimiento, si no existiéramos no sufriríamos; pero tampoco seríamos felices, no sentiríamos ni alegría, ni amor, ni ninguna emoción positiva, ni tampoco felicidad.
La psicología clínica se queda muchas veces en el punto de paliar el sufrimiento del paciente, sin preocuparse por hacerle feliz. Por eso es conveniente que nos planteemos qué es la felicidad y qué podemos hacer para ser felices, para luchar por ello en una visión más completa de lo que la psicología clínica puede aportar a nuestra vida.
La felicidad de hacer algo que da sentido a nuestra vida. Se trata de hacer algo por alguien o por algo que consideramos que tiene un valor superior a nosotros mismos (Dios, la humanidad, los hijos, un ideal, un partido, etc.). Puede haber sufrimiento en lo que hacemos y las emociones positivas surgen cuando valoramos lo que hemos hecho o lo que estamos haciendo, que estará muy por encima de lo que hemos sufrido.
En resumen, para estudiar la felicidad la psicología positiva se centra en el estudio de las emociones positivas como medio de alcanzar la felicidad y considera que surgen asociadas al placer y también al compromiso con nuestros valores y a dar sentido a nuestra vida.
Todas las emociones nos desencadenan automáticamente disposiciones a actuar (Frijda, 1986). Lo hacen generándonos impulsos que tendemos a seguir. William James, a finales del siglo XIX, ya nos enseñaba que las sentimos incrementadas cuando seguimos los impulsos que despiertan en nosotros. Por ejemplo, si vemos un oso en un bosque, se nos disparará el miedo y lo sentiremos mucho más fuerte cuando corremos, porque nos tendrá que generar la suficiente adrenalina para ponernos alas en los pies.
Todas las emociones tienen una función positiva para la persona, por ejemplo, el miedo o la ansiedad son reacciones para enfrentarse o huir de una amenaza, lo que seguramente ha permitido a la especie humana sobrevivir. Incluso emociones que aparentemente nos llevan a la inacción tienen una función positiva. Por ejemplo, la tristeza tiene la función de pedir ayuda a los demás, porque si lloramos, despertamos en los demás la compasión y los movemos a ayudarnos. Otro ejemplo del mismo tipo es la depresión que puede tener la función de reducir nuestra actividad ante el agotamiento de nuestras capacidades de lucha, con el objetivo de recuperar fuerzas.
Es lógico que si estamos ante una amenaza y, en consecuencia, sentimos ansiedad, queramos dejar de sentirla, fundamentalmente porque eso significará que ha desaparecido la amenaza. En este sentido podemos calificar las emociones como negativas cuando deseamos que desaparezcan. A la inversa, cuando queremos que permanezcan las consideraremos positivas. Por ejemplo, si sentimos alegría porque vemos a alguien querido, querremos mantener la emoción y, por tanto, consideramos la alegría como positiva.
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